27 November 2010

LIBANO: TRAS LOS PASOS DE KHALIL GIBRAN

Fecha del viaje: Junio 2010
Extracto de Mi Diario de Viajes:

Nos levantamos a las siete para salir hacia Bcharré, la población más importante de Quadi Qadisha (Valle de Qadisha) declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1998. Este valle largo y profundo, se sitúa a los pies del Monte Al-Makmal. El río santo, Nabor, lo atraviesa en unos 35 km y tiene sus fuentes en una gruta situada por encima de donde se encuentran los últimos cedros sagrados del Líbano y en donde existe una importante colección de monasterios enclavados en la rocas.


Como llegamos muy pronto al puesto de taxis compartidos, nos hacen esperar en un garaje para que el taxista nos lleve con más gente. Nos ofrecen café libanés (igualito que el turco, con el poso espeso en el fondo de la taza). Los aromas que me vienen ahora son del albaricoque, justo detrás de nosotros hay varias cajas almacenadas de esta deliciosa fruta que se van llevando los trabajadores del mercado de frutas y verduras de enfrente. Nos ofrecen un puñado a cada uno, para que no nos aburramos, así que ya nos vamos  desayunados. Les damos las gracias en árabe "sucran".


La gente entabla conversación enseguida y con las justas palabras en inglés   nos preguntan si somos americanos, les contestamos negando con la cabeza y sonriendo que somos españoles y se disculpan devolviéndonos la sonrisa por el error cometido. Nos preguntan que pensamos del pais pues se encuentran algo preocupados de su imagen en el exterior y necesitan saber como los vemos desde Europa...Finalmente marchamos con un taxi Mercedes de los años 50, por lo que se encuentra algo destartalado pero lo importante es que vaya tirando. Compartimos el taxi con dos libanesas que bajan a unos pocos kilómetros más adelante pero para asombro nuestro no nos  han dirigido la palabra en todo el viaje...ni siquiera un "salam maleikum" al montarse en el coche ni un " bye" como suelen decir aquí a los extranjeros: "alláh" ellas..!  


Llegamos a nuestro destino, pagamos al  taxista y con un "sucran" nos despedimos de el. Nos alojamos en el Palace Hotel que más bién se encuentra en ruinas, en obras y bastante destartalado a primera vista pero la habitación es cómoda y disponemos de una terraza que da al valle. Pero el precio hay que regatearlo como en casi todos los alojamientos... aquí redondean con el euro en dólares y no estoy dispuesta a tener que asumir la inflación del país... Finalmente al hacer ademán de marcharnos por no llegar a un acuerdo nos dicen que nos rebajan el precio pero que no lo digamos a nadie...y lo hacen porque nos alojamos dos noches. Luego nos damos cuenta que en el hotel somos los únicos huéspedes, jajajah.    

Emprendemos la marcha tomando antes un gran zumo recién exprimido de naranja natural en un puesto de camino a la excursión del día.Nos encanta la fruta local, sabe tan bien!


El nombre de la aldea, Becharreh, significa "Templo donde mora Astarté" (la Venus fenicia), es centro importante de peregrinación de la diosa del amor. También es el pueblo natal de Kalil Gibran, el poeta más famoso de Líbano. Las obras literarias de Khalil Gibrán han sido publicadas en diversos países  y lenguas. Gibrán era cristiano maronita, una religión católica oriental. A dia de hoy se celebran misas en siriaco y  cantos que se escuchan con admiración.


Dicha religión proviene del monje San Marón, que optó por la vida monástica a orillas del río Orontes, en Siria. Y junto a él se unieron más de 800 monjes predicando la palabra de Dios por los campos de alrededores. Tras su muerte, le construyeron un santuario donde posteriormente creció un monasterio donde sus fieles partían para ganar  adeptos a su fe.



Nos adentramos en la casa donde vivió Khalil Gibrán, convertida en pequeño museo. Tiene un pequeño patio ajardinado, es una estancia austera desde donde se ve una preciosa vista del pueblo y la iglesia.


Seguimos subiendo por la ladera y nos encontramos el museo del gran poeta, ubicado en un antiguo monasterio carmelita enclavado en la roca. Aquí podemos apreciar una amplia exhibición también de sus pinturas y de los manuscritos en diferentes idiomas. Nos adentramos en una cueva que es la última habitación del museo donde descansan los restos del afamado escritor y algunos de sus enseres personales que tenía en su estudio de Nueva York.Vivió también en Paris y conoció a personajes famosos como Rodin, Yeats... los intelectuales de la época.


Después de su muerte sus obras recobraron importancia (como acostumbra a pasar). Su obra más famosa es la de "El profeta", una profesión de fe acerca del ser humano después de la muerte.También obras suyas son "El loco","El vagabundo", " El jardín del profeta"...




"It is well to give when asked, but is better to give unasked through understanding".

17 November 2010

LIBANO: MIRADAS DE ESPERANZA EN TIRO

Fecha del Viaje: Junio 2010
Extracto de Mi Diario de Viajes:

Paseamos por la ciudad de Tiro después de dejar nuestro equipaje en el hotel elegido. En el, se encuentra  la  torre del faro que da nombre al lugar, Hotel Al-Fnar (El Faro). Es este un pequeño  y coqueto alojamiento con tumbonas junto a las rocas donde las olas salpican a su antojo. A tan sólo unos metros se encuentra el puerto pesquero.



Tiro, antigua ciudad fenicia  es famosa también por sus ruinas romanas (aunque estas se han deteriorado mucho más debido a los últimos años de guerra que a sus 3000 años de existencia).


Por este motivo, la pequeña población de la costa, ubicada en el Mediterráneo y separada a tan sólo unos pocos quilómetros de la frontera con Israel, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad para proteger lo poco que queda de sus restos arqueológicos.




Visitamos las ruinas junto con los militares de la UNIFIL, las fuerzas de pacificación de la ONU. La entrada se encuentra atrincherada. Es normal ver en muchas esquinas de la ciudad tanques y puestos de los "Cascos Azules" donde observan las entradas y salidas de la ciudad, protegiendo así a Líbano de las tropas israelíes.    


 Pero lo que más nos llama la atención es la vida que recobra la ciudad al atardecer, las playas se llenan de gente para bañarse (las mujeres con ropa), los  hombres fumando el nargile (pipa de agua), las familias que se sientan cerca del mar para preparar el pic-nic, los novios sentados junto al paseo marítimo cogidos de la mano...


Pero son las miradas de las adolescentes las que nos conmueven: con  un cierto sonrojo nos observan reconociéndonos extranjeros. Aprovecho para hablar con ellas y a pesar de su timidez nos regalan a cambio sus sonrisas ... ¿Son sonrisas de optimismo de cara a un futuro mejor, quizás ?.


6 November 2010

BELICE: EN EL OJO DEL HURACAN

Este un relato que fue publicado tras quedar finalista en el II Concurso Nacional de Relatos de Mujeres Viajeras.  Desde aquí mi agradecimiento de nuevo a  Pilar Tejera por darme la posibilidad de ver plasmado en papel este relato vivido en primera persona.

Fecha del Viaje: Octubre 1998
Extracto de Mi Diario de Viajes:

Llevábamos cuatro días en Belice después de viajar por la bella Guatemala. Esa misma noche encontramos debajo de la puerta de la habitación del hotel una nota escrita en inglés donde se ordenaba evacuar de inmediato y salir al día siguiente. Había amenaza de alerta por lo próximo que se encontraba el huracán. En 48 horas se preveía que se acercaría a la zona donde nos hallábamos, en Cayo San Pedro.



El huracán era de fuerza mayor, con nivel cinco, el que causa más calamidades. Al poco de levantarnos, pagamos el hotel y nos dirigimos al aeropuerto para reservar dos billetes en una de las avionetas que salían esa misma mañana. La oficina de Tropic Air, la compañía aérea de la isla, no disponía de billetes. Todo se encontraba colapsado, sólo atendían las reservas del momento por lo que fue imposible obtener asientos para ese día. Reservamos para la mañana siguiente, pero nada más pensar que debíamos estar esperando un día más y con las avionetas abarrotadas, no nos dio la sensación de poder volar seguros. En el aeropuerto, toda la gente dibujaba un cuadro de histeria. Gritaban como locos por irse y los niños no dejaban de llorar, contagiados por el nerviosismo de los adultos.

Volvimos al embarcadero ya que cabía la posibilidad de que vinieran las barcas de salvamento, pero nadie sabía lo que se demorarían, así pues tuvimos que quedarnos allí, en manos del destino, sin saber cuando podríamos salir y el tiempo apremiaba. La mayoría de habitantes de Cayo San Pedro se encontraba en la cola del embarcadero. Durante más de ocho horas, cerca de mil personas estuvimos esperando de pie, en un estrecho muelle de madera sobre el agua. Todos parecían relajados, dando muestras de entereza, a pesar de tener que dejar sus casas sin saber si volverían algún día a ellas ni en que estado las encontrarían.


A lo lejos empezaron a avistarse las barcas y al poco la primera de ellas partió cargada sobre todo de mujeres y niños, como es lógico en estos casos, pero yo quise quedarme. Cuando la tarde languidecía, después de pasar horas de sol, lluvia y tensión, pudimos subir a bordo de lanchas enviadas por el equipo de salvamento de la Marina para llegar a la capital. En el horizonte, donde rompía la barrera de coral, se oía el rumor del oleaje y el azul intenso del mar se transformaba en un color grisáceo que nos hacía respetar el misterio de la madre naturaleza. Sorteábamos las olas agarrándonos fuertemente a la barca. Por fin llegamos a la ciudad de Belice.


Fuimos a un hotel para pasar la noche a resguardo, pero allí nos dijeron que cerraban a causa del huracán. Nos dieron la dirección de un alojamiento estilo beliceño y ahí nos quedamos. Nos encargaron la cena pues llevábamos todo el día sin comer. Allí conocimos a dos tipos muy diferentes: Karl, un inglés afincado en Noruega y Wayne, un neoyorquino que vivía en Río de Janeiro.

Aquella noche, no dejamos de escuchar las noticias sobre el huracán. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo que se avecinaba. El tiempo continuaba empeorando y debíamos dejar el hotel sin demora pues éste se encontraba a cincuenta metros del mar y era peligroso quedarnos allí.

Kart pasó la mañana intentando conseguir un taxi. Finalmente partimos en coche hacia el aeropuerto. Al grupo se añadió una americana muy asustada que acabó contagiándonos su inseguridad y que finalmente, logró tomar un vuelo de emergencia para mujeres y niños. Los demás tuvimos que quedarnos en tierra. Nos sentíamos impotentes pues todos los demás vuelos fueron anulados. ¿Qué podíamos hacer?¿Nos íbamos tierra adentro, o nos quedábamos en el aeropuerto esperando a que saliera algún avión, con el riesgo de que nos pillara el huracán? Finalmente, nos quedamos en un hotel cercano al aeropuerto, que a pesar de estar inacabado, sin techo y sin inaugurar, nos aseguraron ser un edificio seguro.

A medida que contemplaba a los obreros clavando maderas en las ventanas de todas las habitaciones, organizábamos los turnos de comida racionando lo que quedaba, y mas tarde, cuando partimos en busca de algunas provisiones, vi con claridad que la vida es frágil, que hoy nos encontramos en este mundo, pero en un instante podemos desaparecer como volutas de humo que se esfuman en el aire sin dejar rastro… Es curioso como el acto de viajar y de enfrentarte a situaciones inesperadas obra el milagro de dejarte ver, con lucidez, cosas que en nuestro entorno cotidiano nunca reflexionamos.

Durante dos días la lluvia fue nuestra compañera. A veces caminábamos hacia el aeropuerto para ver que sucedía por allí. Gentes asustadas yacían sobre colchones en el suelo por lo precario de las casas beliceñas y por el alto índice de criminalidad de la capital. En la ciudad de Belice ya habían comenzado a saquear tiendas y viviendas, haciendo de la ciudad un lugar más peligroso de lo que es habitualmente, pero nosotros, ilusamente, nos sentíamos “a salvo” en aquel edificio inacabado.


Nos reuníamos a menudo para oír las noticias del huracán hasta que la televisión dejó de funcionar y seguimos en contacto con la radio, pero las versiones eran dispares según los canales español o inglés. Llegó un momento en que los beliceños colocaron una gran cruz en la recepción del hotel y empezaron a rezar cada noche frente a ella cantando gospel.

El ron que compartíamos después de cenar, con la música gospel como sonido de fondo, era lo único que lograba endulzar los amargos ratos del día. Pasamos veladas inolvidables, hablando de nuestras vidas, riéndonos con bromas improvisadas, impulsados a quitar hierro al asunto. Una de aquellas noches la radio dejó de funcionar, nos encontramos en un oasis de silencio, solo interrumpido por el sonidos de nuestras propias voces y el golpeteo de la lluvia contra las ventanas. De no ser por la amenaza real que nos atenazaba, habría reservado aquellas noches en la memoria de mis momentos inolvidables.

Gentes de todas culturas y razas componían nuestro pequeño mapamundi en aquella cárcel-oasis temporal: americanos prepotentes, tipos con pinta de mafiosos, hombres de negocios, beliceños adinerados, y algún que otro viajero europeo… Hoy, desde la perspectiva que me confiere el tiempo y la seguridad de mi hogar, puedo decir que casi me dio pena abandonar aquel lugar cuando por fin pudimos salir de Belice a bordo de un avión. A pesar del poco tiempo compartido con nuestros amigos, sentimos que nos separábamos de unos miembros de nuestra familia y aún conservo el olor de la colonia de Kart, su porte endomingado con aquel traje de ejecutivo, y su rostro resplandeciente. Grité como una niña su nombre al darle el último adiós.

La pesadilla había terminado para nosotros aunque no para las miles de víctimas del huracán Mitch que perecieron en los países por los que desfiló como una gigantesca guadaña.

A pesar de aquellos días de preocupación y temor, de dudas, de reflexiones, de convivencia con desconocidos, de comidas racionadas, de lluvia incesante, de saqueos, de incomunicación con el mundo exterior, me queda el sabor del cariño de las personas que conocí, de la camaradería, y de lo importante que es poder compartir con personas, aunque sean extraños, los momentos difíciles. Me sentí extrañamente viva, protegida por una especie de pared mental que me protegió en todo momento y arropada por la gente que conocí, y eso, sin duda, me ayudó a afrontar el caos en medio de tanta incertidumbre. Salí de aquella experiencia feliz de haberla superado, pero sobre todo, me di cuenta de la fuerza que llevamos dentro y de lo importante que es aprender a reír, y agradecer el regalo de los compañeros en los momentos de adversidad, para ahuyentar el miedo.