17 de octubre de 1996

HUNGRÍA : LOS BAÑOS TERMALES DE BUDAPEST

 

Era el año 1996 y Budapest se encontraba en una fascinante etapa de transición, consolidándose como la “Ciudad de los Balnearios”, tras la caída del telón de acero. 



En aquel año, la experiencia de sumergirse en sus aguas termales conservaba un aura de nostalgia austrohúngara mezclada con la autenticidad de la vida cotidiana local.





Visitar los baños en esta época era un viaje al pasado. Mientras el país se modernizaba, los balnearios mantenían sus rituales intactos:



Balneario Széchenyi: este palacio neobarroco ya era el corazón social de la ciudad. Era común ver a los ancianos locales flotando en las piscinas exteriores, desafiando el frío mientras jugaban ajedrez en tableros flotantes, una estampa que se convirtió en el símbolo de la resistencia cultural húngara.



Baños Gellért: Con su arquitectura Art Nouveau, era como entrar en una catedral de mosaicos turquesas. En aquel entonces, el lujo se sentía algo decadente, con cabinas de madera originales y un servicio que mantenía la rigidez de la vieja escuela.



Baños Rudas: Para quienes buscaban historia pura, los Rudas ofrecían la atmósfera mística de su cúpula otomana del siglo XVI. En 1996, todavía mantenían una política estrictamente masculina durante la semana, conservando la tradición de los baños turcos tradicionales.



En aquella época los baños eran principalmente para los ciudadanos de Budapest. Se utilizaban recetas médicas para acceder a tratamientos, y el olor a azufre se mezclaba con el de los jabones clásicos. Era el lugar donde se discutía la política de la nueva Hungría y se disfrutaba del ocio sin las prisas del siglo XXI.



En uno de los días que visitamos sus baños tuvimos un incidente digno de hacer mención y que recordaremos siempre. 



Ocurrió en los baños termales de Széchenyi, situado en medio de Városliget, el bosque de la ciudad, por detrás de la Hösök Tere, (Plaza de los Héroes) pues el metro nos acercaba hasta allí.




Después de pagar en taquilla, nos adentramos cada uno al vestuario para cambiarnos y guardar las pertenencias. Por una puerta doble de plástico salimos hacia la inmensa piscina exterior rodeada de escarcha en todas sus orillas.



Nos sumergímos el torso en el agua caliente que formaba una neblina que se fundía con el aire helado. En una esquina había un pequeño grupo de hombres que rodeaban un tablero de ajedrez. Dos de los contrincantes movían sus piezas lentamente y las gotas de sudor resbalaban por sus rostros. Disfrutamos de la piscinas del recinto durante un buen rato.

Al regresar al vestuario Francesc tuvo una desagradable sorpresa: su ropa había desaparecido pues la taquilla estaba vacía. Entonces recordó las dificultades que había tenido al cerrarla, debido al mal estado en que se encontraba la cerradura. Sin saber qué hacer, solicit ayuda en recepción. Vino el responsable de mantenimiento, de nombre István, con el que pudo entenderse en inglés.

-¡Me han robado todo! ¿Qué voy a hacer ahora?- a lo que el encargado le contestó – Debería habernos avisado que la llave no cerraba bien.-En realidad todos los objetos de valor los había guardado yo en mi taquilla, a él le desapareció toda la ropa.

El encargado le comentó: - Lo sentimos mucho pero aquí en Budapest, un trabajador necesita trabajar muchas horas para poder vestir con ropa de los occidentales. La penuria aquí abunda y cambia la mentalidad de las gentes-.

Lo único que hizo fue darnos unas monedas para volver en metro hasta el hotel, pues con un taxi era imposible ya que nos encontramos justo en medio del bosque.

Lo resolvimos dejándose el bañador puesto y las zapatillas que llevaba de baño, cubriéndose con la toalla y yo le dejé mi cazadora para no ir a pecho descubierto.



La temperatura en el exterior en pleno mes de octubre era de unos 3 grados y enseguida nos adentramos en el pasadizo del metro. Cuando llegó el tren, nos subimos enseguida y los pasajeros nos observaron con asombro sin saber si éramos mendigos. Francesc, tiritando de frío y pasando vergüenza, se lo tomó con filosofía. Hicimos el transbordo subiendo las escaleras mecánicas para coger la línea que nos dejó en el alojamiento, frente al Parlamento.

Una vez en la casa, nos reímos sobretodo por la vergüenza que pasamos y dimos gracias de no pillar una pulmonía.