Faro, la capital del Algarve portugués, ofrece una mezcla de historia medieval, arquitectura barroca y un entorno natural único.
Cuando llegamos fuimos a dar una vuelta por su casco antiguo. Sus calles empedradas, las puertas de Vila Adentro y los recovecos de la parte vieja tenían cierto encanto.
Fuimos a ver la Sé, la Igreja de Nostra Senhora do Carmo (calificada como bien de interés público).
Su fachada, mayormente de blanco con detalles en amarillo, mostraba la magnificiencia de la época barroca.
En su interior, destacaban los azulejos y las tallas doradas.
En un pequeño patio visitamos la Capilla de los Huesos. Antes de entrar, sobre la puerta indicaba: “Para aquí a considerar que a este estado hás de chegar”.
La Catedral de Faro contenía otras capillas y un precioso órgano traído de Hamburgo.
Construído en 1701, la caja estaba dibujada con escenas chinas sobre fondo rojo.
Subimos a su torre donde se ubicaba el campanario y un mirador espectacular donde apreciamos unas vistas de la ciudad y de la Ría de Formosa.
Por la tarde fuimos a comer al Restaurante do Castelo, con vistas a la Ría de Formosa.
Escogimos un atún con verduras estofadas y un Bacalhao con vinho rosado y tarta de queijo.
Volvimos por el Arco da Vila y las calles del casco antiguo para ver como caía el sol. Faro recuperaba entonces ese halo nostalgico que tanto nos gustaba.






















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