Cuando visitamos la ciudad de Tiflis (Tbilisi) ésta se encontraba en medio de una transformación radical, marcada por un contraste fascinante entre la decadencia soviética y una modernidad arquitectónica audaz.
La ciudad era un hervidero de construcción bajo el gobierno de Mijeíl Saakashvili. Recién llegados, nos sorprendió la arquitectura futurista del Puente de la Paz, inaugurado apenas un año antes, simbolizaba la apertura de Georgia hacia Occidente y el futuro.
Caminando junto al río Kura, vimos el Palacio Presidencial con su distintiva cúpula de cristal, se consolidó como el símbolo del nuevo poder.
Nos alojamos en el Charm Hotel, ubicado en el casco antiguo. Era una bella casa georgiana con mobiliario clásico. Parecían piezas de museo.
La amable anfitriona nos ofreció una habitación que se encontraba en las golfas, muy amplia y cálida, con suelos y techos de madera.
Salimos para dar un paseo y vimos infinidad de cafés y restaurantes de cierto aire bohemio. Paramos en un horno de pan donde la gente tomaba una especie de bollo en el vagón de un funicular que había afuera. Celebramos nuestra llegada a la ciudad con una buena cerveza.
Había un gran contraste con la nueva y antigua arquitectura. Realmente en el centro histórico, en el distrito de Abanotubani, las casas con balcones de madera tallada se encontraban en un estado decrépito pendientes de restauración.
Caminar por la Avenida Rustaveli era experimentar una mezcla de orgullo nacional y efervescencia cultural.
Aquí también se encontraba el Museo Nacional y el Teatro de la Ópera. Otros edificios eran academias y galerías de arte.
La ciudad dejaba atrás las dificultades de la posguerra para posicionarse como la “perla del Cáucaso”, un lugar donde las iglesias ortodoxas milenarias convivían con estructuras de acero y cristal. La Catedral de Zion se encontraba en pleno centro histórico.
Fuimos a ver la iglesia armenia de San Jorge. Justo más arriba se encontraba la Fortaleza de Narikala y en su lado opuesto la estatua ecuestre del Rey Vakhtang Gorgasali que fundó la ciudad justo al lado la Iglesia Metekhi.
Vimos la Plaza del Reloj con su original torre donde se alzaba un reloj y un pequeño antiguo teatro de títeres que marcaban las horas. Parecia que la torre en cualquier momento se fuera a desmoronar, como muchas de las casas de la ciudad.
Por la tarde volvimos a Abanotubani y quisimos darnos un baño en las aguas sulfurosas de los antiguos baños junto al Río Mktvari. La historia cuenta que el Rey Vakhtang Gorgasali en el siglo V descubrió estas aguas.
Alquilamos una sala para nosotros donde había una sala de duchas, piscina termal y sala de descanso, todo por 40 laris, unos 18euros.
La experiencia fue de lo más reconfortante.
Por la noche salimos a cenar a un típico restaurante. Probamos gastronomía local: los los khinkali (típicos raviolis gigantes rellenos de carne) y shashish, acompañado por un buen vino georgiano.
Los protagonistas de la noche fueron un grupo de músicos y bailarines que amenizaron la velada.























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