17 de octubre de 2005

SENEGAL : LA ISLA DE GORÉE

 

La Isla de Gorée, frente a Dakar (Senegal), fue un importante centro de la trata transatlántica de esclavos entre los siglos XV y XIX, dominada por portugueses, holandeses, ingleses y franceses, sirviendo como punto de partida para millones de africanos hacia América.



Fuimos desde la capital, Dakar hacia la estación taxis compartidos que nos llevaría hasta el ferry tardando tan sólo unos veinte minutos en llegar a la isla.



Una vez en tierra, nos encantó el ambiente tranquilo de Gorée y fuimos a buscar un alojamiento cercano al puerto para los próximos días. 



Elegimos el Auberge Keur Beer, una casa colonial con precios razonables, sencillo y con cierto aire isleño. Nos dieron una habitación muy amplia y con encanto. Había balcones en las habitaciones superiores y patios.



Una vez instalados, dejamos las mochilas en la habitación y nos fuimos a merodear por la isla, dirigiéndonos primero a la Casa de los Esclavos, construida por un neerlandés en 1776.



Empezamos el recorrido al pie de dos escaleras simétricas típicas de esta construcción de finales del siglo XVIII. El edificio funcionó principalmente como prisión para esclavos antes de que fueran embarcados hacia las Américas.



Simboliza el encarcelamiento y el sufrimiento, con celdas tan pequeñas y oscuras donde hacinaban a los esclavos. 




La parte trasera daba a la temida abertura por donde hacían salir a los esclavos, era la puerta del no retorno.




Esta casa se convirtió en un memorial mundial gracias a esfuerzos como los de su primer conservador, Boubacar Joseph Ndiaye, y visitas de figuras como Nelson Mandela y Barack Obama, siendo inscrita como Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1978.



Afuera, unos metros más allá se encontraba el monumento de la liberación de los esclavos, representado por dos hermanos guadalupenses un hombre liberándose de las cadenas y su hermana abrazándolo. Es una imagen que recuerda lo ocurrido con la esclavitud en aquella época.




Después nos fuimos andando hacia el paseo marítimo que estaba flanqueado por cañones mirando al puerto, donde llegaban los barcos y ferries desde la capital.




Nos dirigimos hacia el Fuerte de San Francisco, llamado en realidad Fuerte d’Estrées, una fortaleza francesa del siglo XIX, construída para defender el puerto. Desde aquí se podía observar toda la bahía.



Seguimos por la tarde caminando por las calles de Gorée, era un paseo por el tiempo donde se veían casas coloniales algo destartaladas y pintadas de colores terrosos. 





Los niños jugaban en la calle y cuando pasábamos frente a ellos, se fotografiaban con nosotros bajo la atenta mirada de sus madres.





Luego subimos hacia el Castel, una fortificación neerlandesa del siglo XVII, ubicado en una colina pero cuando llegamos lo vimos bastante abandonado y nos volvimos bajando por la Rue des Artistes que exhibían sus obras.




La mayoría eran pinturas que representaban la cultura wolof, también trabajaban la cerámica, creando figuras y vasijas. Vimos telas tipo patchwork de alegres colores, incluso vendían instrumentos de percusión.





Todo transcurría de forma apaciguada en la isla. Paramos en un chiringuito a tomar un refresco.



Cuando ya caía la tarde, cenamos en el puerto, tomamos un yassa poulet viendo llegar los cayucos de pescadores y escuchando el sonido de fondo de las olas.


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